
1.
Llega un mensaje de texto de Albert invitándome a caminar. “Si”. “Paso en 10”. Las mayúsculas las pone solo el celular, nosotros hablamos sin formato. No me llama porque sabe de mis profundas concentraciones en nada y de los prolongados raptos de aislamiento. Él también los tiene. Toca el timbre y bajo. Le digo que es raro que nos comuniquemos así (mensaje de celular y caminata) sin llamados, sin voz. No le parece raro, su gesto indiferente me lo ratifica. Me da un beso y retoma su cigarrillo. “Podría llamarte. Puedo vivir con un no”. Le digo que nunca le diría que no y él me dice que ya lo hice, muchas veces. “Entonces sí te importan, de lo contrario no los recordarías” “Es solo estadística, probatoria.” Su seguridad me hace pensar. Es verdad, sé que puede vivir con una tonelada cúbica de mis noes y los de todos a sus espaldas. “Es por eso” le digo “Es por eso que no te digo que no. Me olvidarías al instante siguiente” “Preferiría que fuera porque te gusta estar conmigo” Descansa, sabe que es por eso.
2.
Empezamos a andar sin rumbo. Lo hacemos de vez en cuando. Caminamos hacia donde sea y cuando nos cansamos, si hay algún lugar para sentarse, lo aprovechamos. Si no hay, miramos a qué calles llegamos y decidimos si nos volvemos a pie o si buscamos algún medio de transporte. Es el único tiempo en el que no se dónde estoy ni adónde voy. Dejo ese mirar para fijar referencias; observo todo pero así como llega se borra de mi memoria. Sé que él tampoco sabe dónde está; sé que no me está guiando, solo sé que a donde quiera que lleguemos lo haremos juntos. Esas caminatas se repiten desde hace muchos años. Y digo se repiten porque en su evocación es siempre la misma, con distintas charlas, pero siempre la misma. Es aquella la de las tardes de otoño cerca del mar, cuando dejábamos atrás la ciudad para adentrarnos en el campo escarpado de rocas anaranjadas y resaca de pino. El sol tibio inundando, aún hoy, las frías noches de Buenos Aires.
3.
Albert me pregunta que tal mi día y yo le digo que nada nuevo. “Nada nuevo. Todo tranquilo”. “¿Y en un día venusino?” quiere saber. “Ese viene más complejo. En casi un año pasan muchas cosas. Además no hace tanto que no nos vemos.” No decimos nada, solo caminamos. “Últimamente alguien me ha decepcionado” le cuento. Sé que la naturaleza humana le apasiona aunque desde una óptica muy particular. Quiere saber por qué, por qué alguien me ha decepcionado. Le digo que no tiene mayor importancia porque hace mucho tiempo ya que no lo frecuento. Sabe del flujo imparable de la información así que no le interesa saber de qué manera lo ha hecho, decepcionarme, sino por qué yo lo siento como una traición. “No, no traición” le aclaro “decepción”. “Que no es más que la traición a una imagen que nos hicimos de alguien, en este caso, a la imagen que quisiste o creíste conocer de él” Le agradezco sinceramente la diplomacia de su comentario y continúo. “Me temo que es precisamente eso. Saber que no sé, que nunca supe y que necesité cubrir los huecos con fotografías planas” “Todos lo hacemos” me conforta Deja pasar un momento y completa “En mayor o menor medida. Todos.”
4.
Muchas veces hablamos de arte. De pintura, de arquitectura, de cine. Somos amateur así que contamos con impunidad para decir cualquier cosa. Intentamos -involuntaria, deportivamente- despertarnos inquietudes sobre casi todo. ¿Qué podían pintar los incas dominados mientras Caravaggio daba vida a Judith y Holofernes? ¿Qué final de película fue el más inapropiado e hiriente? ¿Por qué no pintar graffitis en todas las construcciones del racionalismo italiano o simplemente dinamitarlas y empezar de nuevo para erradicar ese estilo de la faz de la tierra? Pero de lo que sin ninguna duda más nos gusta hablar es de literatura, o mejor dicho, de escritura. Pasamos muchas horas alabando a algún autor o a alguna novela o cuento o poema. Alargamos el elogio hasta el extremo, disfrutando de cada palabra invertida como si fuera una especie de redención. Somos un par de ateos deseosos de estar en un error.
5.
“¿Nosotros nunca necesitamos drogas, no?” “Nop” responde y sonríe. “¿Eso tampoco es cierto, no?” Me cuenta de las pequeñas pérdidas de memoria, del hambre, de la sed infinita, de la risa, de los chicles. Le digo de las yemas de los dedos sobre el cabello corto de su nuca, de los ojos brillantes, de los poderosos latidos de un corazón explotando en otro pecho, de los labios calientes y amargos del final. “No, tampoco” me dice. “Y aún así, Albert, debo reconocerte que tus verdades cicatrizan.” Silencio, otra calada a su cigarrillo: “¿Es que alguien puede vivir con las heridas abiertas para siempre?”
6.
Una garúa incómoda empañó nuestro recorrido. “¿Volvemos?” “No. Me gustaría seguir cuando pare. Va a parar, ya verás” Tenía que parar, teníamos que seguir perdidos en medio de la sofocada naturaleza ciudadana. “¿Dónde estamos?” “Lejos” Sí, ni los nombres de las calles nos eran familiares y aunque con una sola pregunta podríamos devolvernos al mundo, no íbamos a la pronunciarla. “Hay un bar ahí enfrente, pero es… Me daría miedo entrar si no estuviera con vos” Entremos entonces. No nos va a faltar el alcohol barato” Justo cuando atravesábamos la puerta me tomó firmemente por la cintura, pegándome contra su cuerpo. Soy una mujerzuela de oscuro tugurio, ebria de desencantos, rescatada de unas volátiles tinieblas blancas. Soy su protegida, su compañía, el efecto de su virilidad y estamos dispuestos a olvidarnos de todo en tres u ocho segundos. Elegimos la última mesa, de espaldas al mundo, justo cuando dos nubarrones desangelados parían una blanca luna de agosto.
7.
“A veces tengo miedo de no ser lo suficientemente valiente” me dice. No le creo porque él es muy valiente, o mejor dicho, nada cobarde. “Tengo miedo de que la escritura se me paralice, de que se me haga demasiado fácil. Que no me duela” ¿Es que estuvo confraternizando con mis fantasmas? “De todas maneras, no podría dejarlo” me tranquiliza. “Temías tanto a los autos después del accidente, ¿recuerdas?” Recordaba. “No, no es verdad” me desafía “No pude llegar a tener miedo, no me dejaste. Me obligaste a montar un auto y otro y otro apenas tuve fuerzas para sentarme” Recordaba, es verdad, pero con algunos silencios. Había sido hace tanto tiempo…
“No vas a dejar que me quede dormido, ¿verdad? ¿No vas a dejar que me muera?” No, no, no.
No.
No.
8.
Salimos. La noche está más fresca que como la dejamos al entrar al bar. Albert me pregunta a quien estoy leyendo ahora “Houellebecq” le digo. “Mmm, no sirve” “¿No sirve? ¿Servir para qué?” le contesto un poco ofuscada. Servir no es una palabra que me guste ver emparentada con literatura. “¿Ves ahí? ¿Ves que hay como un anfiteatro unipersonal?” Un pequeño recoveco en el borde de una plaza, sí, efectivamente, parece un estrecho anfiteatro. Esa plaza la conozco, estamos a pocas calles de su casa. “¿Vas a montar una performance espontánea a las tres de la mañana?” lo provoco. Me mira, con los ojos brillantes, encendidos por su pasión, me sienta, se sienta frente a mí y comienza…
9.
Llegamos. Su casa, la mía, el ascensor, las escaleras, el mármol, la noche, la ciudad, su continente, el mío, las llaves, la luz junto a la puerta, el trueno, la música, Esperando por el milagro, el sofá, la pequeña y solitaria lámpara, el papel, la biblioteca, las cortinas en vaivén, las nubes, el silencio, las primeras gotas, su compañía entre mi pelo, la brasa de mano en mano, el vino, tinto, la preocupación, los fantasmas, la risa, la devoción por los inicios de los textos de Faulkner, el sol, el otoño brillante, Arlt, la playa, el sur, los viajes, la impaciencia, el amanecer, la pereza.
“El libro” me dice “debe quedar inconcluso. Por ejemplo: “Y en el barco que lo devolvía a Francia…”
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